En días pasados, el Ejecutivo Federal entregó al Poder Legislativo el Proyecto de Presupuesto para el ejercicio 2027. Este acto de formalidad administrativa se da en un momento crucial, cuando quizá valdría mucho la pena analizar el entorno y algunas variables importantes.
Creo que un buen punto de partida sería analizar el pronóstico de crecimiento del Banco de México para este año, que se ubica en 1.5%. En un ejercicio muy sencillo de análisis, si contrastamos este pronóstico con el crecimiento poblacional de 0.9% previsto por el Consejo Nacional de Población, el resultado de la ecuación no parece muy halagüeño, y todo indica que mantendremos la inercia de crecimiento incipiente o nulo en la práctica que se ha dado en los últimos años.
Aunado a lo anterior, los ingresos fiscales y la recaudación tributaria tampoco están en su mejor momento. Esto podría explicarse de diferentes maneras, pero un factor determinante en ello sigue siendo el nivel de informalidad en la economía mexicana. Al cabo, estos ciudadanos requieren bienes y servicios pero no contribuyen en ningún sentido en el gasto público.
En este contexto, el Gobierno Federal ha recurrido a la deuda pública hasta llevarla a un nivel histórico que representa 51% del PIB para sufragar los programas sociales, al igual que a ciertas empresas estatales y algunos proyectos inviables.
¿A qué me refiero? Es indudable que la pobreza lastima a cualquier sociedad, de cualquier país; esta, en la mayoría de los casos, es cultural y hereditaria. Pero también estoy convencido de que si en verdad anhelamos resolver o por lo menos reducir a su mínima expresión esta condición social, es indispensable rectificar el enfoque clientelar y político de los actuales apoyos sociales.
Es decir, habría que dirigirlos y enfocarlos, como se ha hecho con éxito en muchos países, al desarrollo de capacidades, para que en un tiempo determinado la gente en condiciones de pobreza sea autosuficiente y por sí misma genere los ingresos que requiere, para dejar de depender de las dádivas públicas. Basta recordar la sabia cita: «Dale un pescado a un hombre y comerá un día; enséñale a pescar y comerá por el resto de su vida» para contextualizar a lo que me refiero.
Porque, además, con este tipo de programas se distorsiona la medición de la pobreza en el contexto nacional. Por último, el dinero que reciben los beneficiarios y que ingresa al mercado de consumo no proviene de una actividad productiva ni de un salario percibido, y tampoco de una retribución por alguna actividad productiva.
Por otro lado, un asunto impostergable y que merece un análisis cuidadoso y objetivo es el caso de Petróleos Mexicanos. Esta paraestatal genera cuantiosísimas pérdidas que presionan de manera grave el ingreso fiscal de nuestro país, y además comprometen la calificación crediticia de México. Si esto no fuera suficientemente serio, Pemex ha acumulado un pasivo descomunal con proveedores y contratistas. De acuerdo con información oficial, este adeudo se pagará de forma paulatina hasta 2033.

En este sentido, sin duda alguna, uno de los grandes retos para el próximo 2027 y el futuro inmediato debería ser plantear una seria redefinición estratégica y la reestructura de esta paraestatal; de lo contrario, se convertirá en un lastre insostenible.
Hablando de viabilidad de proyectos gubernamentales, es inevitable traer a la mesa los proyectos insignia, como el Tren Maya, la Refinería de Dos Bocas, Mexicana de Aviación y, finalmente, el Aeropuerto Felipe Ángeles. Por un lado, todos ellos tuvieron un sobrecosto desproporcionado y difícil de explicar; por el otro, generan pérdidas que han demandado subsidios directos que afectan al gasto público. Además, estos recursos podrían haberse empleado en inversión para mejoras de infraestructura y servicios, que contribuirían de manera significativa al desarrollo del país.
Desde mi muy personal perspectiva, considero que el mayor de los retos para el presupuesto de 2027 y de los venideros; es decir, en el mediano y el largo plazo, debería ser replantear la estrategia micro y macroeconómica de México para enfocarse en el crecimiento real de la economía.
Me refiero a tener claro que nuestro país está en una posición geográfica privilegiada y que quizá sea esta ventaja competitiva la que nos ha mantenido más o menos a flote por décadas, pero también requiere trabajo serio. Es imperioso invertir en infraestructura carretera, ferroviaria, puertos y logística, pero también debemos atender el pendiente histórico que tenemos en materia de inseguridad. Los robos, el secuestro, el pago de derecho de piso y los costos asociados con la protección y la seguridad en empresas y negocios, entre otros, impactan de manera directa y muy importante en la economía.
Si a esto agregamos que debemos construir un estado de Derecho pleno y funcional, que garantice la justicia para todos y además sea un contrapeso en el ejercicio del poder, pues vaya que se suma un reto por demás importante. Y habrá que atenderlo con premura, porque tenemos grandes pendientes en este tema.
En fin, los grandes retos para México no son solo económicos. Es una tarea multifactorial. Pero si hablamos de la tarea gubernamental per se, habría que destacar que su labor más importante debería centrarse en el ámbito social y la redistribución de la riqueza. Para ningún país es sano concentrar la riqueza, de tal forma que 3% de la población tengan en su poder 97% del poder económico. Indudablemente, un reto por demás importante es diseñar políticas públicas que mitiguen esta brecha tan amplia.


