Entre los Apeninos y el Adriático, esta variedad italiana reúne frescura, carácter y versatilidad para acompañar la mesa.
Hay vinos que conquistan sin estridencias. Su atractivo está en la delicadeza de sus aromas, en su frescura y en la manera de acompañar una conversación. Pecorino pertenece a ese universo: una variedad italiana todavía poco conocida por el gran público, que encuentra en Abruzzo un escenario propio.
Entre las faldas de los Apeninos y el mar Adriático, el paisaje de esta región inspira la descripción de sus blancos. En el caso de Pecorino, la identidad se reconoce en una combinación de elegancia, mineralidad y carácter, cualidades que invitan a descubrirlo.
Su historia también provoca curiosidad. Durante años, la variedad permaneció casi olvidada, hasta que productores de la región la recuperaron y le devolvieron un lugar en los viñedos. Ese regreso nos permite hoy acercarnos a una expresión poco explorada de la viticultura blanca de Abruzzo, que merece mayor atención.
El nombre se vincula con pecora, ‘oveja’ en italiano, y con la trashumancia de los pastores. Según el relato recogido en el texto de origen, estos animales mostraban afición por sus racimos: una anécdota que enlaza al vino con la memoria rural de su territorio.

En la copa luce un color amarillo pajizo brillante, con reflejos verdosos. Sus aromas remiten a frutas blancas, cítricos y hierbas mediterráneas; su frescura y mineralidad completan un perfil elegante, con estructura, ideal para acompañar distintos platos.
Mariscos, crustáceos, carnes blancas y pastas rellenas forman parte de sus posibilidades de maridaje. Esa versatilidad lo convierte en una gran opción para quienes disfrutan al explorar nuevas etiquetas y encontrar afinidades entre el vino y la cocina.
Pecorino invita a mirar hacia Abruzzo y descubrir, sorbo a sorbo, un blanco que reúne la frescura del mar y el carácter de sus montañas.


