La firma del Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea representa para México una oportunidad para ampliar su margen de maniobra. Estados Unidos seguirá siendo nuestro principal mercado, socio industrial y eje de integración productiva. Esa realidad no cambiará pronto. Sin embargo, depender excesivamente de un solo espacio económico implica riesgos. La revisión del T-MEC, las presiones arancelarias de Washington y la politización de las reglas de origen muestran que México necesita una política exterior económica más sofisticada, capaz de combinar la pertenencia norteamericana con la diversificación global.
La firma del Acuerdo no debe verse como un trámite diplomático ni como la actualización técnica de un tratado firmado hace más de dos décadas. Su significado es mayor. Llega cuando el comercio internacional dejó atrás la apertura ingenua y entró en una etapa marcada por aranceles, seguridad económica, competencia tecnológica, tensiones geopolíticas y búsqueda de cadenas de suministro confiables.
La Unión Europea ofrece una plataforma distinta. No se trata únicamente de vender más productos mexicanos al mercado europeo, sino de construir una relación más densa en inversión, tecnología, servicios, comercio digital, compras públicas, transición energética, sostenibilidad, innovación y cooperación regulatoria.
El nuevo acuerdo moderniza la arquitectura jurídica que regía la relación desde el año 2000. A diferencia del viejo marco, pensado sobre todo para el comercio de bienes y la cooperación política, el nuevo instrumento incorpora temas que hoy definen la competitividad: servicios, inversión, propiedad intelectual, comercio digital, desarrollo sostenible, pequeñas y medianas empresas, materias primas críticas y mayor certidumbre para los inversionistas. México no solo gana acceso: gana una agenda de modernización productiva.
La relevancia económica no es menor. El intercambio bilateral de bienes y servicios supera los cien mil millones de euros anuales. Además, la inversión europea en México rebasa los doscientos mil millones de euros, y miles de empresas europeas operan en el país, generando empleo, tecnología, proveedores y estándares productivos.
El reto está en convertir esas cifras en desarrollo. México debe evitar que el acuerdo se reduzca a una narrativa de diversificación sin estrategia. La pregunta central no es si habrá más comercio, sino qué tipo de comercio queremos construir. Si México solo exporta materias primas o manufacturas ensambladas, habrá desaprovechado la oportunidad. El objetivo debe ser atraer inversión europea hacia sectores con mayor contenido tecnológico: electromovilidad, farmacéutica, dispositivos médicos, energías limpias, semiconductores, infraestructura logística y manufactura avanzada.
Europa no sustituye a Estados Unidos ni a Asia, pero puede convertirse en un socio fundamental para elevar la calidad de la inserción internacional de México.
También hay una dimensión política. En un mundo donde las grandes potencias usan el comercio como instrumento de presión, México necesita socios que fortalezcan las reglas y brinden previsibilidad. Europa, con todas sus limitaciones, apuesta por acuerdos institucionales, estándares ambientales, derechos laborales y cooperación de largo plazo. Esa relación puede ser un contrapeso útil si se maneja con inteligencia.
El acuerdo abre además una agenda sobre las materias primas críticas. Europa busca asegurar insumos para su transición energética y digital. México posee recursos estratégicos como fluorita, cobre, zinc, plomo y otros minerales que pueden adquirir mayor valor si se procesan con sostenibilidad, trazabilidad y encadenamientos locales. La oportunidad no está en extraer más sin estrategia, sino en negociar inversión, procesamiento, transferencia tecnológica y participación de proveedores mexicanos.
Ningún acuerdo comercial sustituye las tareas internas. Para aprovecharlo, México necesita infraestructura, energía limpia, seguridad jurídica, aduanas eficientes, financiamiento productivo, formación técnica, innovación y política industrial. Los tratados abren puertas, pero no construyen por sí mismos las capacidades para cruzarlas. Sin estrategia nacional, los beneficios se concentrarán en empresas grandes y regiones ya integradas.
La firma del acuerdo con la Unión Europea debe entenderse como una señal y como una prueba. La señal es que México puede diversificar sus mercados sin romper con Norteamérica. La prueba es si será capaz de transformar esa diversificación en capacidades productivas reales. Europa puede aportar capital, tecnología, normas y mercados; México debe aportar visión, coordinación institucional y proyectos concretos.
El factor China aparece al final de esta ecuación
Los nuevos aranceles mexicanos a países sin tratado de libre comercio tienen un destinatario práctico evidente: China, segundo socio comercial de México y fuente central de importaciones industriales. Pero reducir la dependencia hacia China no será posible solo con aranceles. El acuerdo con la Unión Europea puede ayudar a construir alternativas, siempre que México entienda que diversificar no consiste en cambiar una dependencia por otra, sino en construir la autonomía productiva.
Profesor-investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM, realizó estudios doctorales en Cooperación Internacional en la Universidad de Kobe y un posdoctorado en la Universidad de Arizona. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores, Nivel I, y fue ministro titular de la Secretaría de Economía en la Embajada de México en Japón. Sus líneas de investigación se concentran en Asia-Pacífico, desarrollo, comercio, inversión, geoeconomía y relaciones internacionales. Es articulista de El Heraldo de México y analista frecuente en medios nacionales e internacionales.
Por: Dr. Adolfo Alberto Laborde Carranco